Policías versus militares y otros pulsos enquistados en Bolivia
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Policías versus militares y otros pulsos enquistados en Bolivia

El vicepresidente Edmand Lara vio el hueco en Viacha y se metió. Mientras el gabinete de Rodrigo Paz Pereira no tuvo la sensibilidad de suspender la agenda oficial el pasado sábado, que incluía un jolgorio de entregas de proyectos – tinglados en realidad – en Tarija, Lara se desplazó a la zona cero de la tragedia, consoló a los familiares, habló con las familias y ejerció de alguna forma de coordinador entre unos y otros. Se vino tan arriba que tres días después ya lo estuvo carajeando a un teniente coronel que no quería o por ahí no tenía ninguna información útil que transmitir.

La polémica despertó sin embargo los viejos fantasmas de un pulso de larga data en el país: Policías de un lado, militares de otro lado, que aunque han convergido en sus intereses en más de una ocasión, siempre ha primado la desconfianza entre ambos cuerpos. La tensión se trasladó a las redes, ya no entre haters o Laralovers, sino entre portavoces soterrados de ambas corrientes. Bolivia está a siete días de que se levante el Estado de Excepción, o que se prorrogue, en un momento de intensa crisis económica y con el monstruo de las galletas más famoso de todos tocando la puerta: El Fondo Monetario Internacional (FMI).

Recortes del PIB y del déficit fiscal para los que casi nunca tuvieron nada suena a poco, pero tanque de gasolina a mil pesos es un reguetón de mal gusto. Algunos estudiosos advierten que las protestas en Bolivia pueden llegar a mil puntos de bloqueo y elevar el tono hasta llamar la atención de la opinión pública internacional y generar una crisis económica más profunda, pero nada se resolverá hasta que militares y policías tomen partido en la calle. Edmand Lara frente a Ronald Alvarado.

Viejas riñas. De momento ninguno de los cuerpos ha entrado en las especulaciones del Presidente sobre un “posible atentado” en Viacha. Tampoco la Fiscalía.

Marco Antonio Oviedo, el político policial, lo negó tajantemente. No tanto el político militar, Ernesto Justiniano. A última hora del viernes el comandante general del Ejército, Héctor Alarcón, abrazó al menos una de las “líneas de escape” predecible: denunciar al exministro de Defensa porque hace un año – cuando le quedaban semanas en el cargo – supuestamente, recibió un instructivo para destruir el arsenal explotado y no lo hizo, pero tampoco sus sucesores en los siguientes diez meses.

Las viejas siglas Hay más viejas rencillas operando en el tablero. Por ejemplo, la de las últimas hornadas del MNR que nunca creyeron en el “entronque histórico” del viejo MIR, o las fuerzas del ADN que en algún momento fueron más nacionalistas que liberales. Algunas de esas rencillas se generaron precisamente con el MAS en el poder.

El MAS era muchas cosas, también una extraña concurrencia de conversos olvidadizos que hicieron buenos negocios y que volvieron a “sus bases” ni bien Evo Morales puso el pie en el chárter presidencial rumbo a México. Muchos de estos no duermen desde que Fernando Cerimedo fue detenido acusado de balear a su pareja, la operadora Nadia Beller, en un supuesto plan para silenciarla luego de que ella se viera comprometida en sus manejos de la información y sus aliados. Si Paz no completa “la misión” de desmontar el “masismo institucional” – dicen - es probable que retorne enfundado en cualquier otro traje, pero bajo la misma promesa: representación auténtica de las clases más desfavorecidas del país, que para finales de 2027 puede ser mucho más numerosa que ahora, que ya lo es.

Por si acaso, dicen desde el otro lado, el masismo institucional no es solo la Constitución Política del Estado, ni el legado de leyes, ni las obras entregadas, sino también la construcción cultural de esos años en los que se viajaba, se construían viviendas y se compraban autitos sin pertenecer a ninguna familia en particular. Cambiar la Constitución y aprobar el crédito del FMI para tratar de ordenar las finanzas del país con la receta liberal de un crédito con cuatro años y medio de gracia son las dos prioridades que sostienen al gobierno en pie, además del odio a Evo Morales y el temor a Edmand Lara. Esta semana se dio un paso vital en el amplio sentido de la palabra.

El programa económico que acompaña a la Ley que autoriza el crédito del organismo multilateral contempla recortes extraordinarios en un país que apenas ofrece servicios públicos, y una elevación del precio de la gasolina de aquí a tres meses y medio de proporciones considerables: Unos mil bolivianos saldría llenar el tanque a precio internacional hoy. Quizá solo Rodrigo Paz podía hacerlo. Dicen algunos cercanos que su determinación para ser presidente era más fuerte que cualquier otro cálculo racional y que eso le dio al final la victoria en un escenario en el que, en realidad, nadie quería asumir.

Queda por ver si esa tenacidad lo sostiene hasta el final, o hasta cuándo. El cálculo definitivo del bloque oriental Con el petróleo a 100 dólares el barril, el plan de “inundar Santa Cruz” con combustible a precio de mercado libre parece haber quedado postergado de nuevo. En la reunión de cívicos y poderes varios, el acuerdo principal fue el de darle un nuevo ultimátum al Gobierno de un mes, o de lo contrario, iniciarán el camino de la “autonomía de facto”, sin retorno, etc.

El bloque oriental constituye aparentemente y también el poder popular de Tuto Quiroga, aunque la estabilidad interna con los Demócratas se haya roto producto del cálculo político de sus propios miembros. En los bloques de poder de Santa Cruz, Fernando Cerimedo ya era un personaje conocido y rechazado. Fueron quienes más celebraron la instalación de Jaime Paz Pereira en la capital oriental.

En cualquier caso, la transición tampoco parece haber desembocado en un buen pacto.

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